A Manolo, Jesús (In Memoriam), Enriqueta, Pepe y Loli


Pepe Bravo Serrano, “Chacón”, era un muchacho bueno, formal y bastante tímido. Tenía dos hermanos, Belén y Manuel. Siendo aún adolescente estuvo de aprendiz en la carpintería de mi padre. Aprendió el oficio y pronto se hizo un excelente ebanista.

Huertas Algarrada era la mayor de varias hermanas, hijas todas de Jesús Algarrada, el del estanco. A Huertas Algarrada le gustaba Pepe Bravo, y todos los días se asomaba a la ventana, detrás de los visillos, cuando él cruzaba la plaza de la iglesia camino de su casa. Le atraía su andar tranquilo y su aspecto retraído de muchacho fino y bien educado. Cuando se encontraban por la calle, Pepe la miraba noblemente y susurraba un adiós entrecortado. A ella apenas si le salía la voz de la garganta, y su intento de sonrisa se quebraba en una leve mueca inexpresiva.

Pepe soñaba con Huertas. ¡Era tan bonita! Sabía que estaba enamorado de ella, pero nunca encontraba el momento de decírselo. ¡Parecía tan delicada, tan dulce, tan buena! Anhelaba cogerle las manos, besarla, casarse con ella, tener muchos hijos y vivir juntos toda la vida. Pero, ¿cómo y cuándo se decidiría a preguntarle si quería ser su novia? La viscosa timidez lo atenazaba, lo paralizaba. Y temía ser rechazado.


Un día un amigo le aconsejó: “Tómate un par de copas de montilla cuando vayas a hablar con ella y verás cómo te fluyen las palabras y desaparece la timidez”. Así lo hizo. Una tarde se acercó a ella en la plaza cuando paseaba con sus hermanas, y seguro, con gracejo y desenvoltura, le pidió un aparte y le dijo todo lo que tenía que decirle. Al rato, estaba hablando con Jesús, el padre de Huertas, pidiéndole el consentimiento para el noviazgo con su hija; que ellos se querían mucho y deseaban casarse y formar una familia, como Dios manda, cuando él ganara para mantenerla como a una reina. Así de locuaz y lanzado se expresó el tímido Pepe.

Sus relaciones marchaban muy bien, se respetaban, se querían y eran felices. Hasta que llegó el día en que Pepe tuvo que irse a la mili. Las revueltas y la tensión política enrarecían el ambiente nacional de negros presagios de guerra. Aquella separación fue muy dolorosa para ambos, aunque la soportaban más o menos bien, escribiéndose largas cartas de amor.


A los pocos meses estalló la guerra civil española del 36 y Pepe fue movilizado.

Escribía desde el frente, cuando la situación lo permitía, alguna que otra carta cargada de pesimismo. El estado de ánimo de Huertas se tornó depresivo y lleno de malos augurios.


Ahora, pasaban los días y los meses y Pepe ya no escribía ni sabían nada de él. Tanto la familia de Pepe como la de Huertas hicieron toda clase de gestiones acerca de las autoridades militares y del Ayuntamiento recabando alguna información sobre su paradero y su estado de salud. Nadie podía decirles nada porque simplemente no sabían nada; seguirían indagando el caso. Así pasaron varios meses sin tener noticia alguna. Hasta que un día llegó la noticia. En el parte militar de bajas, recibido en el cuartel de la Guardia Civil, el nombre de José Bravo Serrano figuraba en la lista de los muertos en acción de guerra… Del cuerpo no se sabía nada todavía.


Ambas familias quedaron sumidas en el dolor, la angustia y la desesperación. A Huertas se le hundió el mundo bajo los pies. Nada tenía ya sentido y veía que su vida quedaba definitivamente enterrada con la de Pepe. En el pueblo hubo una consternación general. En el funeral, la iglesia se quedó chica para acoger a tanta gente. La familia de Pepe acudieron todos vestidos de luto. Huertas también iba de negro. Entre tristes rezos fúnebres y volutas de incienso, resonaban llantos quejumbrosos y amargos. Al día siguiente, en los periódicos salieron varias esquelas mortuorias de la muerte de José Bravo Serrano. Después, durante mucho tiempo se estuvo hablando en el pueblo de la mala suerte de ese muchacho tan bueno y querido por todo el mundo, Pasaron varios meses y Huertas, asfixiada por la tristeza, no cesaba de llorar la prematura y desgraciada muerte de Pepe. Su padre y sus hermanas trataban de consolarla con palabras de resignación y de cariño, sin éxito.


Casi a finales del 38, comenzaron a llegar noticias alentadoras sobre el inminente final de la guerra. Parece que las fuerzas nacionales iban tomando posiciones en todo el país, y se les daba ya como virtuales vencedoras de esa horrenda guerra fraticida. Al mismo tiempo, se fue extendiendo el rumor de que un muchacho forastero le había contado a alguien del pueblo, en Córdoba, que había estado prisionero hasta hace unos días en la zona roja de Peñarroya y Pueblo Nuevo y que había conocido allí, también prisionero, a un muchacho de La Puebla de los Infantes “se llamaba Pepe, pero todos lo llamábamos Chacón. ¡Buen chaval! La última vez que lo vi fue hace apenas tres semanas”. El puebleño, asombrado, le dijo que el Pepe Chacón que él conocía de La Puebla había muerto en combate, en esa misma zona, hacía ya casi un año. Lo más estremecedor era que la descripción que de él hizo aquel muchacho coincidía totalmente con Pepe Bravo.

Este increíble rumor se extendió como mecha encendida por todo el pueblo. La gente hablaba y hablaba sacando consecuencias fantásticas y milagrosas, persuadidos y expectantes de que aquello pudiese ser cierto. El hecho, desde luego, contenía para muchos un cierto morbo ante la posibilidad de llegar a ser testigos directos de una especie de resurrección. No olvidemos que Pepe Chacón llevaba muerto ya muchos meses. Su regreso era, por tanto, un hecho inconcebible. No obstante, Huertas, aunque algo recelosa, iba varias veces al día a rezar a la iglesia para pedirle a la Virgen que aquel rumor se hiciese realidad, y que Pepe reapareciera en cualquier momento vivito y coleando. Y Dios la oyó. En el cuartel se recibió la confirmación oficial de que José Bravo Serrano estaba vivo y había sido liberado, con otros prisioneros, por las fuerzas nacionales en el término de Pueblo Nuevo. Una vez terminado el interrogatorio y otros trámites podría regresar a casa.


Huertas recibió una carta de Pepe, rebosante de amor y de ternura, que, humedecida de lágrimas, guardó en lo más íntimo y cálido de su corazón, al tiempo que gritaba en silencio: “¡Gracias, Virgen de las Huertas! ¡Gracias, Dios mío!”.

El recibimiento de Pepe Chacón en el pueblo fue apoteósico. Tengo el testimonio de unos puebleños mayores que lo recuerdan como un acontecimiento

festivo y escalofriante. Todo el mundo, con las autoridades al frente, acudió a la entrada del pueblo a recibirle y los niños de las escuelas portaban banderitas españolas que agitaban con alegría. Había muchas lágrimas por allí. Todos lo palmeaban, lo tocaban y lo felicitaban emocionados, como si de un héroe o de un resucitado se tratara…

Nada más terminada la guerra, Pepe y Huertas se casaron. Al año y medio nació su primer hijo, Manolín. Yo tenía entonces año y medio. Y, prácticamente, desde entonces, Manolo y yo somos dos grandes amigos. Después tuvieron cuatro hijos más y se fueron a vivir a Sevilla. Pepe llevó en la cartera, durante toda su vida, la esquela mortuoria de su propia muerte.


Pepe y Huertas murieron hace años. De los familiares (padres, hermanos) sólo viven dos hermanas de Huertas: Dolores y María Algarrada, a las que profeso un sincero afecto, y a las que agradezco su ayuda para recomponer esta insólita historia de amor.


Autor:

Manuel Jiménez Márquez (Abril, 2007)