EL SUEÑO DE UN PUEBLO
Una noche tuve un sueño. Soñé con un pueblo donde el sol alumbraba con un brillo más resplandeciente, donde las montañas se vestían con un verde más natural, donde el agua corría con un sonido más fresco. Era un pueblo que despertaba en aquel que lo visitaba un anhelo sorprendente de aspirar a la plenitud de cuanto existe. Pero un pueblo donde su mayor tesoro se escondía en el interior de cada casa, y eran sus vecinos, su gente.
Los jóvenes eran la fuerza que empujaba este pueblo. Frente a la inercia de los adultos, los jóvenes suponían ese aire fresco que entra por las ventanas, limpia el polvo del tradicionalismo y airea un ambiente que lucha por oler a rancio. Esos jóvenes sabían que podían contar con la serenidad de los ancianos, que dulcemente consienten en que otros lo pueden hacer peor, por su falta de experiencia, pero que es ley de vida para que ellos sean capaces de levantarse una y otra vez cuando los fallos les hagan tropezar en la roca de la inexperiencia. Unos jóvenes que aprovechaban las oportunidades que todos entregaban en sus manos y de esta manera ponían en una continua marcha la inevitable rueda del progreso.
Los adultos eran la argamasa que unía el esfuerzo de todos por trabajar y mantener unos valores que tanto esfuerzo había costado conseguir. Ellos eran los garantes del compromiso común, de la ayuda mutua, de la superación de viejas heridas, de la lucha constante, de la ilusión continua, del diálogo fluido entre vecinos distintos pero no por ello distantes, del trabajo codo con codo por hacer de su pueblo la realización de una utopía que otros sospechaban imposible. Los adultos sabían dar a cada uno su lugar para que todos se sintieran responsables de la construcción de un sueño, y nadie escaqueaba el hombro cuando de ayudar se trataba.
Los ancianos eran ese pozo de sabiduría inagotable que daba luz y sentido a los otros más jóvenes. Eran esa institución respetada por todos y a la que todos acudían a beber como a una fuente de agua fresca y cristalina que refresca y repone las fuerzas. Su trabajo, ralentizado por la edad, era el sostén y la guía de los esfuerzos de quienes, con más fuerza y vigor, necesitaban de ese faro que señala el puerto seguro y de esa brújula que nunca se desvía del norte.
Fue entonces cuando me desperté, aturdido pero con un suave sabor en el recuerdo. Esa mañana recibí una llamada notificándome mi destino pastoral en un pueblo de la sierra. ¿Delirios nocturnos o simplemente alguien buscaba que yo formara parte de ese sueño? Yo prefiero pensar lo segundo y para mí ese alguien tiene un nombre: Dios.


